La oración que nace del temor

Según la tradición judía, cada vez que Isaac tenía dificultades iba a orar a la roca del monte Moriah, donde casi muere. Allí intentaba solucionar sus problemas contándoselos a Dios, Jehová ‘Yireh’, a quien conoció en el monte Moriah y preparó el sacrificio en su
lugar.

Jacob, quien defraudó a su padre, a su hermano, a su tío, a su cuñado, entre otros, engañándolos con sus palabras y trampas, se enfrenta al peligro más grande de su vida de regreso a su tierra natal por tener asuntos no resueltos con su hermano. Sin embargo, el peligro es una oportunidad. Cuando nos debilitamos, abrimos las puertas de nuestro corazón a Dios porque esto nos permite acercarnos en oración a Él. Así, encontramos la oportunidad de vivir.

Para Jacob es la oportunidad de volver a nacer y de santificarse. El peligro tiene la ambigüedad de ser “una oportunidad peligrosa”. Jacob, quien vivía en la ambición y la competencia, ora en medio de la oscuridad y a través de esta oportunidad cambia el rumbo de su
vida hacia la santidad.

Un motor que ha estado parado durante mucho tiempo, no genera energía fácilmente. Normalmente, es más sencillo que arranque si se precalienta. Del mismo modo, nuestra oración desesperada nace cuando nos arrodillamos y nos entregamos por completo a Dios. Entonces así, conoceremos la gracia de volver a nacer cuando oremos, llorando como niños y arrepintiéndonos del pecado en nuestras vidas.

Pero la oración es más poderosa, Kang Jung-hoon

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