Me llama a la “Tierra de paz“

A pesar de que vine para servir a los hermanos que viven en la selva, a unos 2500 metros sobre el nivel del mar, en Papúa, Nueva Guinea, era muy difícil entablar una relación de confianza con personas de otra cultura. Como la confianza mutua es necesaria para el ministerio, decidimos no preocuparnos por los objetos que desaparecían. Entonces cuando se llevaban algo prestado como un jabón o zapatos, esperábamos con paciencia hasta que apareciera, diciendo: “Es culpa nuestra por no haberlo cuidado bien”. Hasta que un día dejaron de desaparecer.

El jabón, los zapatos, el hacha y el martillo, todo seguía allí. Además, la gente de la tribu empezó a llamarnos “tío” y “tía”, en señal de respeto y nos agradecieron por haber confiado en que devolverían lo que les habíamos prestado. También empezaron a llamar “Tierra de paz” donde se encontraba nuestra casa y la iglesia, reconociendo aquel sitio como la tierra de Dios; allí no se peleaban, ni vendían, ni fumaban, ni se drogaban. Tardamos 15 años en construir esta confianza.

En el pacto de Dios es imposible dedicarnos a la obra del Señor si no confiamos en que Él nos ama a nosotros que somos pecadores, además, no se puede hacer la obra del Señor si no hay una transformación en nuestro carácter; por más que intentemos hacerlo, sin esta actitud no podremos dar el fruto del arrepentimiento espiritual. A lo largo de esos años aprendimos que el amor y la fe del Señor se revelan a través de una relación de profunda confianza entre los hermanos de la fe, es decir, entre los fieles.

Un cristiano despojado, Moon Seong

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