La Gracia de reconocer el pecado

En la prolongación del Nuevo Testamento en el que vivimos, si creemos y recibimos a Jesús, el Espíritu Santo mora en nosotros. Sin embargo, sabemos que si pecamos, el Espíritu se inquieta y se aparta. Esto quiere decir que, si bien el Espíritu Santo está en nosotros, Él no puede continuar obrando activamente si vivimos pecando voluntariamente como si Él no estuviera. De esta forma, nos alejamos del Espíritu Santo cuando vivimos sin fe y en desobediencia.

El Espíritu Santo es puro y por eso Él no puede estar con el hombre que peca. En consecuencia, quien pierde al Espíritu Santo, pierde la vitalidad y el poder espiritual, y haga lo que haga se sentirá cansado y no dará fruto. Por eso, debemos confesar y reconocer oportunamente el pecado. No debemos postergar el arrepentimiento. Si conservamos una actitud atea e indiferente, nos volveremos insensibles ante el pecado y no podremos ni siquiera saber qué pecado cometimos.

Nuestros pecados no aparecen de un día para el otro, impulsivamente, sino que los cometemos a medida que la insensatez espiritual avanza y llegamos al estado en que no consideramos al pecado como pecado.
Por eso, es un regalo del Señor reconocer el pecado y ser quienes despiertan a aquellos que están a punto de derrumbarse o de volverse insensibles ante el pecado. Dios continúa esperando con los brazos abiertos a aquella persona que se enfrenta a sus propios pecados y los confiesa sin postergarlo.

Cuando era un pecador, Lee Kyu-hyun

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